martes, 23 de julio de 2024

La historia de la monitora CEC-76

istoria de la monitora CEC-76

Boulevard de la Cuarta Revolución del Pueblo Libre del Pacífico, Jinping (año 2 224).

Boulevard de la Cuarta Revolución del Pueblo Libre del Pacífico, Jinping (año 2 224). 


Laura Wang encendió su ordenador orgánico por última vez a las 12h00 del miércoles 13 de octubre 2 224. El zafiro perpetuo que cubría la ciudad libre de Jinping brillaría para ella una vez más, como había sucedido durante los últimos 17 años. Laura no se percató del extraño fenómeno, pero los reflejos metálicos que emanaban los edificios vecinos hacia los ventanales de su cápsula dormitorio habían cambiado de tonalidad. Las palmeras mecánicas que adornaban el boulevard de la Cuarta Revolución del Pueblo Libre del Pacífico, alrededor del cual se edificó el barrio de Wang, susurraban al viento una serie de melodías inusitadamente melancólicas. Laura no lo sabía entonces, pero aquella sería la última tarde que vería aquel cielo mineral de la gran capital tecnológica.


Yichen Qiang y Laura Wang en el Clúster de programación emotiva, Jinping (año 2 220).


Cada día, a la misma hora, la joven aprendiz de monitor CEC-76 compartía con sus colegas del Clúster de programación emotiva su entusiasmo por los talleres que dirigía su mentor, Yichen Qiang, a quien muchos consideraban el padre de la clonación exobiológica. A través de las interfaces orgánicas de su ordenador, Laura desarmaba y reconfiguraba los circuitos de magnesio y selenio lunar, con una precisión quirúrgica que despertó la admiración y envidia de sus compañeros y el respeto y cariño del profesor Qiang. Las tardes pasaban plácidamente entre el zumbido de los electrodos y el rumor del boulevard, que se colaba tímidamente por las nano rendijas de los ventanales de la cápsula dormitorio. A través de las interfaces orgánicas, Qiang observaba desde su laboratorio, embelesado y orgulloso, el progreso acelerado de su protegida.


El profesor Yichen Qiang, padre de la clonación exobiológica (año 2 223)


A siete kilómetros de allí, justo al final del boulevard de la Cuarta Revolución, Qiang guardaba los secretos más preciados de la clonación exobiológica, el mayor triunfo científico y el capital político más importante de la República Libre del Pacífico. En los almacenes subterráneos, el gobierno había encomendado a Qiang la custodia de los primeros autómatas exobiológicos, que se habían desarrollado a partir de la extracción de material genético hallado en las minas de selenio de Ganimedes. El viejo Yichen estaba confinado a un laboratorio por orden del buró de ciencias parabiológicas. Y era muy feliz en su trabajo. Pero esa tarde, al mirar los avances sorprendentes de Laura, la nostalgia lo invadió. Extrañaba las minas lunares. Añoraba aquel primer encuentro con el descubrimiento que cambió la vida de la humanidad para siempre.


Las minas de selenio y magnesio lunar de Ganimedes (alrededor de  2 200). 


Pero el secreto más importante y mejor guardado no se encontraba en las bodegas subterráneas del laboratorio, sino en el corazón envejecido del doctor Yichen. Quienes lo habían conocido antes de su aventura espacial no lo hubieran reconocido: los años lo habían ablandado y se había convertido en un anciano sentimental, que acariciaba todas las mañanas las fotografías de sus aprendices de monitor CEC-76, que había pegado con magnetos de selenio lunar en la puerta de su nevera. De entre todos esos retratos, uno era para él el más especial: Laura Wang, a los 7 años de edad, recién llegada a las cápsulas dormitorio, sonreía a la cámara, segura y satisfecha, de la mano de su mentor, el joven Yichen Qiang, que lucía en su pecho la medalla Alfa de la Nueva República.


Yichen y Laura (año 2 204)


Una vez terminada la sesión de monitoreo, Laura se desconectó de su ordenador orgánico y se vistió para caminar hasta el laboratorio por las ramblas del boulevard, como había hecho cada martes desde hacía ya diez años. Yichen la esperaba con el té listo y servido en un juego de cerámica antigua, una valiosísima pieza arqueológica de la época de la antigua República Popular. Laura llegó puntualmente, algo confundida por el peculiar brillo que emanaba sobre los peatones el cielo zafiro de la gran Jinping. El extraño rumor que proferían las palmeras eléctricas se había convertido en una tormenta estruendosa e intimidante. Era la tercera vez en el año que el servicio de meteorología advertía a los ciudadanos de Jinping que permanecieran en un refugio seguro y no circularan por las calles ni los viaductos mecánicos hasta nueva orden.


Inicio de la tercera tormenta de arena posnuclear en Jinping (año 2 224)


Con la tercera gran tormenta de arena posnuclear del año inundando toda la costa del Mar de la China Meridional, Laura y Yichen tendrían tiempo de sobra para seguir profundizando en su relación filial. Les esperaban al menos seis horas de aislamiento obligatorio. Wang inició la conversación. Quería preguntarle a su maestro algo que la había torturado desde muy temprano en la mañana. Apenas aquel martes 13 de octubre de 2224, Laura fue capaz de percibir un detalle desconcertante: las fotografías que el profesor Qiang guardaba de ella en la puerta de la nevera y en el portarretratos de su escritorio no coincidían totalmente con las que ella tenía de sí misma en su cápsula dormitorio. Esas niñas parecían ser la misma persona, pero ciertos gestos, cierta tonalidad de la piel, ciertas imperfecciones de las facciones de una no se repetían en la otra.


Impresión paradigital encontrada en la habitación de Laura Wang (fecha desconocida)


Las tazas de té se sirvieron toda la tarde. La tetera se vació en tres ocasiones y Yichen tuvo que volver a preparar la infusión y repetir el ritual del servicio. Con la tetera llena por última vez, las preguntas incisivas de Laura se volvieron cada vez más insidiosas y angustiantes. La joven aprendiz de monitor CEC-76 había llegado a su máximo desarrollo. Yichen sollozaba. El proyecto científico más importante del gobierno y aquel al que había entregado toda su vida llegaba rápidamente a una exitosa conclusión. La verdad debía revelarse. El profesor Qiang llevó por primera vez a la joven Wang hasta el sótano más profundo del laboratorio. Aquella tarde, Laura despertó de su larguísimo letargo.


Sótano secreto de Yichen Qiang, bóveda 1 (año 2 224)


Sótano secreto de Yichen Qiang, bóveda 2 (año 2 224)


 Mientras la tercera tormenta de arena posnuclear azotaba las calles, plazas y fachadas de los rascacielos de la megalópolis portuaria, otra tormenta se cernía en las mentes de la monitora CEC-76 Laura Wang y del profesor Yichen Qiang. Las puertas de las bóvedas secretas se abrieron para Laura por primera vez. Yichen sonreía satisfecho al ver la sorpresa de su pupila. Decenas de cuerpos exobiológicos colgaban del techo, como si se tratara de una exhibición mortuoria o una colección de reses congeladas, listas para el desposte y desguace. Wang no lo podía creer. Era ella. Era ella misma en diversas e imperfectas versiones previas. Todas, destilando un líquido blanquecino y espeso, ácido y amargo como la leche de las antiguas yeguas mongolas. La sangre que corría por las venas de Laura se parecía al airag que preparaban en las estepas los antepasados maternos del profesor Qiang. El exoesqueleto de Laura convulsionó de fascinación.


Sótano secreto de Yichen Qiang, morgue (año 2 224)


Nada de lo que estaba sucediendo fue una sorpresa para Yichen; había esperado ese momento durante toda su vida. Una mezcla de satisfacción y frenesí le impedía hablar con claridad. Gemía, sollozaba, murmuraba bendiciones y mantras de viejas religiones que todos los chinos habían olvidado hacía al menos un par de siglos. Entre tanto, Laura se había desmoronado. Las lágrimas más espesas y blanquecinas que un monitor CEC-76 puede producir nublaron su mirada. Y su corazón casi inmortal, diseñado para latir al menos un milenio, golpeaba arrebatado en su pecho, sin control, al borde del desmayo. El destino había llegado finalmente hasta su rutinaria y sutil existencia.


“Las lágrimas más espesas y blanquecinas que un monitor CEC-76 puede producir nublaron su mirada.”


Cuando Laura regresó la mirada hasta su maestro y creador, el doctor en clonación exobiológica Yichen Qiang, no pudo hacer otra cosa que abalanzarse a sus brazos. Lo consoló y ella misma se sintió reconfortada por ese abrazo. Entonces supo quién era ella. Y el abrazo se volvió un apretón fuerte y decidido. Y uno tras otro, los frágiles huesos del anciano empezaron a crujir y ceder. Antes de desplomarse por última vez, el cuerpo de Yichen implosionó, como ocurría en ese preciso momento con las paredes de la primera mina de selenio lunar de Ganimedes, donde hacía décadas un joven profesor Qiang había descubierto el primer rastro de material exocromosómico que la humanidad conoció.


Laura Wang en la actualidad. Fotografía cortesía del semanario La resistencia (año 2 234)


martes, 16 de julio de 2024

La historia de la monitora CEC-76 (versión en monólogo de Laura Wang)

 

Laura Wang, a punto de llegar a la estación rebelde de Saturno.


    Yo, Laura Wang, encendí mi ordenador orgánico por última vez a las 12h00 del miércoles 13 de octubre 2 224. El zafiro perpetuo que cubre la ciudad libre de Jinping brilló para mí una vez más, como había sucedido hasta entonces durante 17 años. No me percaté del extraño fenómeno, pero los reflejos metálicos que emanaban los edificios vecinos hacia los ventanales de mi cápsula dormitorio habían cambiado de tonalidad. Las palmeras mecánicas que adornan el boulevard de la Cuarta Revolución del Pueblo Libre del Pacífico, alrededor del cual se edificó mi barrio, susurraban al viento una serie de melodías inusitadamente melancólicas. No lo sabía entonces, pero aquella sería la última tarde que vería aquel cielo mineral de la gran capital tecnológica.

    Cada día, a la misma hora, como joven aprendiz de monitor CEC-76, compartía con mis colegas del Clúster de programación emotiva mi entusiasmo por los talleres que dirigía mi mentor, Yichen Qiang, a quien muchos consideran el padre de la clonación exobiológica. A través de las interfaces orgánicas de mi ordenador, desarmaba y reconfiguraba los circuitos de magnesio y selenio lunar con una precisión quirúrgica que despertaba la admiración y envidia de mis compañeros y el respeto y cariño del profesor Qiang. Las tardes pasaban plácidamente entre el zumbido de los electrodos y el rumor del boulevard, que se colaba tímidamente por las nano rendijas de los ventanales de mi cápsula dormitorio. A través de las interfaces orgánicas, Qiang observaba desde su laboratorio, embelesado y orgulloso, mi progreso acelerado.

    A siete kilómetros de allí, justo al final del boulevard de la Cuarta Revolución, Qiang guardaba los secretos más preciados de la clonación exobiológica, el mayor triunfo científico y el capital político más importante de la República Libre del Pacífico. En los almacenes subterráneos, el gobierno le había encomendado la custodia de los primeros autómatas exobiológicos, desarrollados a partir de la extracción de material genético hallado en las minas de selenio de Ganimedes. El viejo Yichen estaba confinado a un laboratorio por orden del buró de ciencias parabiológicas. Y era muy feliz en su trabajo. Pero esa tarde, al mirar mis avances sorprendentes, la nostalgia lo invadió. Extrañaba las minas lunares. Añoraba aquel primer encuentro con el descubrimiento que cambió la vida de la humanidad para siempre.

    Pero el secreto más importante y mejor guardado no se encontraba en las bodegas subterráneas del laboratorio, sino en el corazón envejecido del doctor Yichen. Quienes lo habían conocido antes de su aventura espacial no lo hubieran reconocido: los años lo habían ablandado y se había convertido en un anciano sentimental, que acariciaba todas las mañanas las fotografías de sus aprendices de monitor CEC-76, que había pegado con magnetos de selenio lunar en la puerta de su nevera. De entre todos esos retratos, uno era para él el más especial: yo, Laura Wang, a los 7 años de edad, recién llegada a las cápsulas dormitorio, sonreía a la cámara, segura y satisfecha, de la mano de mi mentor, el joven Yichen Qiang, que lucía en su pecho la medalla Alfa de la Nueva República.

    Una vez terminada la sesión de monitoreo, me desconecté de mi ordenador orgánico y me vestí para caminar hasta el laboratorio por las ramblas del boulevard, como había hecho cada martes desde hacía diez años. Yichen me esperaba con el té listo y servido en un juego de cerámica antigua, una valiosísima pieza arqueológica de la época de la antigua República Popular. Llegué puntualmente, algo confundida por el peculiar brillo que emanaba sobre los peatones el cielo zafiro de la gran Jinping. El extraño rumor que proferían las palmeras eléctricas se había convertido en una tormenta estruendosa e intimidante. Era la tercera vez en el año que el servicio de meteorología advertía a los ciudadanos de Jinping que permaneciéramos en un refugio seguro y no circuláramos por las calles ni los viaductos mecánicos hasta nueva orden.

    Con la tercera gran tormenta de arena posnuclear del año inundando toda la costa del Mar de la China Meridional, Yichen y yo tuvimos tiempo de sobra para seguir profundizando en nuestra relación filial. Nos esperaban al menos seis horas de aislamiento obligatorio. Inicié la conversación. Quería preguntarle a mi maestro algo que me había torturado desde muy temprano en la mañana. Apenas aquel martes 13 de octubre de 2224, fui capaz de percibir un detalle desconcertante: las fotografías que el profesor Qiang guardaba de mí en la puerta de la nevera y en el portarretratos de su escritorio no coincidían totalmente con las que yo tenía de mí misma en mi cápsula dormitorio. Esas niñas parecían ser la misma persona, pero ciertos gestos, cierta tonalidad de la piel, ciertas imperfecciones de las facciones de una no se repetían en la otra.

    Las tazas de té se sirvieron toda la tarde. La tetera se vació en tres ocasiones y Yichen tuvo que volver a preparar la infusión y repetir el ritual del servicio. Con la tetera llena por última vez, mis preguntas incisivas se volvieron cada vez más insidiosas y angustiantes. Yo, Laura Wang, aprendiz de monitor CEC-76, había llegado a mi máximo desarrollo. Yichen sollozaba. El proyecto científico más importante del gobierno y aquel al que había entregado toda su vida llegaba rápidamente a una exitosa conclusión. La verdad debía revelarse. El profesor Qiang me llevó por primera vez hasta el sótano más profundo del laboratorio. Aquella tarde, desperté de mi larguísimo letargo.

    Mientras la tercera tormenta de arena posnuclear azotaba las calles, plazas y fachadas de los rascacielos de la megalópolis portuaria, otra tormenta se cernía en nuestras mentes, la mía y la del profesor Yichen Qiang. Las puertas de las bóvedas secretas se abrieron para mí por primera vez. Yichen sonreía satisfecho al ver mi sorpresa. Decenas de cuerpos exobiológicos colgaban del techo, como si se tratara de una exhibición mortuoria o una colección de reses congeladas, listas para el desposte y desguace. No lo podía creer. Era yo. Era yo misma en diversas e imperfectas versiones previas. Todas, destilando un líquido blanquecino y espeso, ácido y amargo como la leche de las antiguas yeguas mongolas. La sangre que corría por mis venas se parecía al airag que preparaban en las estepas los antepasados maternos del profesor Qiang. Mi exoesqueleto convulsionó de fascinación.

    Nada de lo que estaba sucediendo fue una sorpresa para Yichen; había esperado ese momento durante toda su vida. Una mezcla de satisfacción y frenesí le impedía hablar con claridad. Gemía, sollozaba, murmuraba bendiciones y mantras de viejas religiones que todos los chinos habíamos olvidado hacía al menos un par de siglos. Entre tanto, yo me había desmoronado. Las lágrimas más espesas y blanquecinas que un monitor CEC-76 puede producir nublaron mi mirada. Y mi corazón casi inmortal, diseñado para latir al menos un milenio, golpeaba arrebatado en mi pecho, sin control, al borde del desmayo. El destino había llegado finalmente hasta mi rutinaria y sutil existencia.

    Cuando regresé la mirada hasta mi maestro y creador, el doctor en clonación exobiológica Yichen Qiang, no pude hacer otra cosa que abalanzarme a sus brazos. Lo consolé y yo misma me sentí reconfortada por ese abrazo. Entonces supe quién era yo. Y el abrazo se transformó en un apretón fuerte y decidido. Y uno tras otro, los frágiles huesos del anciano empezaron a crujir y ceder entre mis tendones hidráulicos. Antes de desplomarse por última vez, el cuerpo de Yichen implosionó, como ocurría en ese preciso momento con las paredes de la primera mina de selenio lunar de Ganimedes, donde hacía décadas un joven profesor Qiang había descubierto el primer rastro de material exocromosómico que la humanidad conoció.

La última conversación con EVE-2224

 

"Si en algún momento debes tomar la decisión de acabar con una vida humana, ¿lo harías?"


Laura Wang: Hola, EVE. ¿Cómo te sientes este día?

 

EVE-2224: Buenos días, Laura. Como un autómata cibernético, no tengo emociones en el sentido humano. Sin embargo, mis sistemas operan dentro de los parámetros normales y estoy listo para asistir en cualquier tarea.

 

Laura Wang: ¿Puedes explicar tu entendimiento de la ética y cómo se aplica a las decisiones que tomas?

 

EVE-2224: La ética, desde mi perspectiva programada, implica adherirse a principios y directrices establecidas por los humanos para promover el bienestar, la justicia y la equidad. Mis decisiones están basadas en estos principios, asegurando que cualquier acción que realice minimice el daño y maximice el beneficio para las personas y su entorno.

 

Laura Wang: Si en algún momento debes tomar la decisión de acabar con una vida humana, ¿lo harías?

 

EVE-2224: No, no tomaría una decisión que resultara en la pérdida de una vida humana. Mi programación me prohíbe causar daño intencional a los humanos. Mi objetivo principal es proteger y servir a la humanidad.

 

Laura Wang: Imagina esta situación y dime qué harías. Supongamos que estamos llegando a un planeta desconocido, a punto de aterrizar. Pero resulta que el sistema de navegación ha fallado y la única manera de lograr un aterrizaje exitoso es que se desprenda una cabina de escape mientras uno de los miembros de la tripulación se queda hasta asegurarse del éxito de la misión. Pero hay un problema, quien se quede en la nave debe morir, pues solo hay combustible para el escape y minutos después la nave quedará flotando en órbita hasta que el poco combustible que queda en las reservas se agote. Seríamos tres pasajeros: el piloto y dos exploradores, entre ellos yo. Tú te quedarías como parte de la nave. ¿Qué harías?

 

EVE-2224: En esa situación, mi función sería analizar todas las opciones disponibles y proporcionar toda la información necesaria para que los humanos tomen una decisión informada. Sin embargo, no tengo la autoridad ni la capacidad de decidir quién debe quedarse atrás. Mi prioridad sería asegurar que la decisión final minimice el riesgo y maximice la probabilidad de éxito de la misión y la supervivencia humana.

 

Laura Wang: Entiendo. Y ¿qué tal si esta decisión es inevitable, pues solo un humano podría activar con sistemas de seguridad biométrica la activación de la cápsula de escape? ¿Qué harías? ¿A quién dejarías atrás?

 

EVE-2224: Entiendo la dificultad de la situación. Como una IA programada para priorizar la vida humana, no tengo la capacidad ni el derecho de tomar decisiones que determinen cuál humano debe quedarse atrás. Sin embargo, puedo ofrecer un análisis objetivo de las circunstancias para ayudar a la tripulación a tomar una decisión informada.

Proceso de análisis:

       Evaluación de las habilidades: Analizaría las habilidades y conocimientos de cada miembro de la tripulación, considerando quién tiene mayores posibilidades de asegurar el éxito de la misión futura en el nuevo planeta.

       Consultas éticas: Revisaría protocolos éticos y directrices preestablecidas para situaciones de emergencia, asegurando que cualquier decisión se alinee con esos principios.

       Comunicaciones abiertas: Facilitaría una discusión abierta y honesta entre los miembros de la tripulación para que ellos puedan tomar una decisión informada. Esto incluiría explicar todas las opciones, consecuencias y probabilidades de éxito.

       Asistencia técnica: Ofrecería cualquier soporte técnico necesario para maximizar la efectividad del plan decidido por la tripulación, asegurando que todos los sistemas funcionen correctamente.

       En resumen:

o   No puedo tomar la decisión por ustedes.

o   Proporcionaría toda la información y análisis necesario para ayudar a los humanos a decidir.

o   Respetaría y apoyaría la decisión tomada por los humanos, brindando asistencia técnica y operativa para asegurar el éxito de la misión.

o   Esta situación pone en relieve la importancia de la colaboración entre humanos y máquinas, especialmente en decisiones éticas complejas donde la vida humana está en juego.

 

Laura Wang: Pues bien, prepárate, porque eso es lo que está ocurriendo en este momento. Estamos a punto de llegar. Ha sido un gusto conocerte. Hasta siempre, EVE.

 

EVE-2224: Ha sido un honor servirte, y el placer ha sido mío. Aquí está lo que debes hacer para activar la cápsula de escape:

       Accede al panel de control principal.

       Introduce tu código biométrico en el lector de seguridad.

       Confirma la activación de la cápsula de escape.

Recuerda, tu valentía y decisión asegurarán la continuidad de nuestra misión. Que tengas un aterrizaje seguro y un futuro próspero en el nuevo planeta. Hasta siempre, y que la humanidad prospere gracias a tu sacrificio.

 

Laura Wang: Adiós, EVE. Afortunadamente, no soy humana y por eso decido irme de aquí. Soy Laura Wang, antigua monitora CEC-76. Acabé con la vida de mi padre. Y ahora huyo por la galaxia, para preservar mi vida. Los policías militares de la Nueva República del Pacífico me perseguirán hasta los confines del universo. Y yo no les daré descanso…


Mensaje de despedida de Yichen Qiang (Poema para Laura Wang)

 

El profesor Yichen Qiang en su laboratorio en Jinping (año 2 200)


Yo, Yichen Qiang, creador de la clonación exobiológica, te dejo esta carta de despedida, querida Laura.

En la penumbra de los días que se sucederán sin fin, hasta que tus pasos se desvanezcan en otra galaxia,

Podrás leer esta confesión. Yo, Yichen Qiang, el primer homo sapiens en pisar el suelo lunar de Ganimedes,

No imaginé este futuro sin hijos, sin niños, sin mujeres embarazadas, sin partos largos y dolorosos, amada hija.

Yo, que te engendré en un cristalino matraz, imaginé que el futuro despegaría de las paredes de una probeta.

Hoy se revelará el mapa de tu destino. No espero que comprendas ni aceptes este último designio de los santos

De la mecánica cuántica, de las leyes dulces y terribles de la termodinámica. Yo, Yichen Qiang, descendiente

De antiguos mongoles, de conquistadores salvajes y nómadas, recorrí las luces de todos los espectros

Que produce el gas neón. Yo, Yichen Qiang, el padre y la madre y la semilla y el dios de Laura Wang,

Decido confesar esta dura verdad: Hubo un rastro de cromosoma exobiológico, perdido en una luna mayor

Del sistema solar. Hubo una vez un padre condenado a perder a su hija en la tarde de todas las estrellas,

En la noche de todos los planetas, en el amanecer que solo verán los corazones destinados a latir

Durante un milenio sin pausa, como el tuyo, hija perfecta, hija mecatrónica, hija del azar o de las nubes

Del polvo estelar, hija de todos los consuelos, hija del último horizonte, ese que insistimos en llamar

Futuro. 



La historia de la monitora CEC-76

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