Yo, Laura Wang, encendí mi ordenador orgánico por última vez a las 12h00 del miércoles 13 de octubre 2 224. El zafiro perpetuo que cubre la ciudad libre de Jinping brilló para mí una vez más, como había sucedido hasta entonces durante 17 años. No me percaté del extraño fenómeno, pero los reflejos metálicos que emanaban los edificios vecinos hacia los ventanales de mi cápsula dormitorio habían cambiado de tonalidad. Las palmeras mecánicas que adornan el boulevard de la Cuarta Revolución del Pueblo Libre del Pacífico, alrededor del cual se edificó mi barrio, susurraban al viento una serie de melodías inusitadamente melancólicas. No lo sabía entonces, pero aquella sería la última tarde que vería aquel cielo mineral de la gran capital tecnológica.
Cada día, a la misma hora, como joven aprendiz de monitor CEC-76, compartía con mis colegas del Clúster de programación emotiva mi entusiasmo por los talleres que dirigía mi mentor, Yichen Qiang, a quien muchos consideran el padre de la clonación exobiológica. A través de las interfaces orgánicas de mi ordenador, desarmaba y reconfiguraba los circuitos de magnesio y selenio lunar con una precisión quirúrgica que despertaba la admiración y envidia de mis compañeros y el respeto y cariño del profesor Qiang. Las tardes pasaban plácidamente entre el zumbido de los electrodos y el rumor del boulevard, que se colaba tímidamente por las nano rendijas de los ventanales de mi cápsula dormitorio. A través de las interfaces orgánicas, Qiang observaba desde su laboratorio, embelesado y orgulloso, mi progreso acelerado.
A siete kilómetros de allí, justo al final del boulevard de la Cuarta Revolución, Qiang guardaba los secretos más preciados de la clonación exobiológica, el mayor triunfo científico y el capital político más importante de la República Libre del Pacífico. En los almacenes subterráneos, el gobierno le había encomendado la custodia de los primeros autómatas exobiológicos, desarrollados a partir de la extracción de material genético hallado en las minas de selenio de Ganimedes. El viejo Yichen estaba confinado a un laboratorio por orden del buró de ciencias parabiológicas. Y era muy feliz en su trabajo. Pero esa tarde, al mirar mis avances sorprendentes, la nostalgia lo invadió. Extrañaba las minas lunares. Añoraba aquel primer encuentro con el descubrimiento que cambió la vida de la humanidad para siempre.
Pero el secreto más importante y mejor guardado no se encontraba en las bodegas subterráneas del laboratorio, sino en el corazón envejecido del doctor Yichen. Quienes lo habían conocido antes de su aventura espacial no lo hubieran reconocido: los años lo habían ablandado y se había convertido en un anciano sentimental, que acariciaba todas las mañanas las fotografías de sus aprendices de monitor CEC-76, que había pegado con magnetos de selenio lunar en la puerta de su nevera. De entre todos esos retratos, uno era para él el más especial: yo, Laura Wang, a los 7 años de edad, recién llegada a las cápsulas dormitorio, sonreía a la cámara, segura y satisfecha, de la mano de mi mentor, el joven Yichen Qiang, que lucía en su pecho la medalla Alfa de la Nueva República.
Una vez terminada la sesión de monitoreo, me desconecté de mi ordenador orgánico y me vestí para caminar hasta el laboratorio por las ramblas del boulevard, como había hecho cada martes desde hacía diez años. Yichen me esperaba con el té listo y servido en un juego de cerámica antigua, una valiosísima pieza arqueológica de la época de la antigua República Popular. Llegué puntualmente, algo confundida por el peculiar brillo que emanaba sobre los peatones el cielo zafiro de la gran Jinping. El extraño rumor que proferían las palmeras eléctricas se había convertido en una tormenta estruendosa e intimidante. Era la tercera vez en el año que el servicio de meteorología advertía a los ciudadanos de Jinping que permaneciéramos en un refugio seguro y no circuláramos por las calles ni los viaductos mecánicos hasta nueva orden.
Con la tercera gran tormenta de arena posnuclear del año inundando toda la costa del Mar de la China Meridional, Yichen y yo tuvimos tiempo de sobra para seguir profundizando en nuestra relación filial. Nos esperaban al menos seis horas de aislamiento obligatorio. Inicié la conversación. Quería preguntarle a mi maestro algo que me había torturado desde muy temprano en la mañana. Apenas aquel martes 13 de octubre de 2224, fui capaz de percibir un detalle desconcertante: las fotografías que el profesor Qiang guardaba de mí en la puerta de la nevera y en el portarretratos de su escritorio no coincidían totalmente con las que yo tenía de mí misma en mi cápsula dormitorio. Esas niñas parecían ser la misma persona, pero ciertos gestos, cierta tonalidad de la piel, ciertas imperfecciones de las facciones de una no se repetían en la otra.
Las tazas de té se sirvieron toda la tarde. La tetera se vació en tres ocasiones y Yichen tuvo que volver a preparar la infusión y repetir el ritual del servicio. Con la tetera llena por última vez, mis preguntas incisivas se volvieron cada vez más insidiosas y angustiantes. Yo, Laura Wang, aprendiz de monitor CEC-76, había llegado a mi máximo desarrollo. Yichen sollozaba. El proyecto científico más importante del gobierno y aquel al que había entregado toda su vida llegaba rápidamente a una exitosa conclusión. La verdad debía revelarse. El profesor Qiang me llevó por primera vez hasta el sótano más profundo del laboratorio. Aquella tarde, desperté de mi larguísimo letargo.
Mientras la tercera tormenta de arena posnuclear azotaba las calles, plazas y fachadas de los rascacielos de la megalópolis portuaria, otra tormenta se cernía en nuestras mentes, la mía y la del profesor Yichen Qiang. Las puertas de las bóvedas secretas se abrieron para mí por primera vez. Yichen sonreía satisfecho al ver mi sorpresa. Decenas de cuerpos exobiológicos colgaban del techo, como si se tratara de una exhibición mortuoria o una colección de reses congeladas, listas para el desposte y desguace. No lo podía creer. Era yo. Era yo misma en diversas e imperfectas versiones previas. Todas, destilando un líquido blanquecino y espeso, ácido y amargo como la leche de las antiguas yeguas mongolas. La sangre que corría por mis venas se parecía al airag que preparaban en las estepas los antepasados maternos del profesor Qiang. Mi exoesqueleto convulsionó de fascinación.
Nada de lo que estaba sucediendo fue una sorpresa para Yichen; había esperado ese momento durante toda su vida. Una mezcla de satisfacción y frenesí le impedía hablar con claridad. Gemía, sollozaba, murmuraba bendiciones y mantras de viejas religiones que todos los chinos habíamos olvidado hacía al menos un par de siglos. Entre tanto, yo me había desmoronado. Las lágrimas más espesas y blanquecinas que un monitor CEC-76 puede producir nublaron mi mirada. Y mi corazón casi inmortal, diseñado para latir al menos un milenio, golpeaba arrebatado en mi pecho, sin control, al borde del desmayo. El destino había llegado finalmente hasta mi rutinaria y sutil existencia.
Cuando regresé la mirada hasta mi maestro y creador, el doctor en clonación exobiológica Yichen Qiang, no pude hacer otra cosa que abalanzarme a sus brazos. Lo consolé y yo misma me sentí reconfortada por ese abrazo. Entonces supe quién era yo. Y el abrazo se transformó en un apretón fuerte y decidido. Y uno tras otro, los frágiles huesos del anciano empezaron a crujir y ceder entre mis tendones hidráulicos. Antes de desplomarse por última vez, el cuerpo de Yichen implosionó, como ocurría en ese preciso momento con las paredes de la primera mina de selenio lunar de Ganimedes, donde hacía décadas un joven profesor Qiang había descubierto el primer rastro de material exocromosómico que la humanidad conoció.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario